Retorno a casa

Realizar un retiro vivencial de la FVBM (Fundación Vivir un Buen Morir) es la oportunidad de seguir evolucionando y de tomar consciencia de la importancia de desarrollar una relación de calidad cuando hemos de afrontar el cuidado y la atención de una persona en una situación de extrema vulnerabilidad y fragilidad.

Sólo se puede ofrecer una atención de calidad si antes hemos realizado nuestro propio trabajo introspectivo y nos hemos enfrentado a nuestros propios miedos, a nuestras inseguridades y fortalezas. En los retiros vivenciales aprendemos a tomar consciencia de lo que significa estar presente en todo cuanto hacemos, de prestar atención en los detalles sutiles que determinan la atención exquisita y de calidad en el acompañamiento.

Hace cinco años inicié un viaje de crecimiento a través de los retiros vivenciales de la Fundación Vivir un Buen Morir, viaje que me ha permitido conocer maravillosos compañeros de viaje con los que me siento agradecida, y mi gratitud hacia aquellos del ayer y los de este presente por todo lo que me han aportado. Cada retiro se vive de forma diferente, y las experiencias vividas están condicionadas por el momento vital en el que te encuentras. Cada retiro lo vivo como un profundo renacer porque en cada uno algo muere en uno mismo, se disuelven miedos y se deshacen nudos.

Este retiro me ha permitido realizarlo partiendo de un sentimiento de culpa propiciado por mis circunstancias familiares, que a su vez me ha permitido realizar este profundo trabajo de introspección desde otra perspectiva. En este retiro, a diferencia de otros a los que he asistido, apenas había gente de Zaragoza y la mayoría procedían de otras ciudades, y resulta meritorio el esfuerzo realizado, y recorrer tantos kilómetros para poder experimentar el taller vivencial de la Fundación. El grupo estaba integrado en su mayoría por profesionales sensibles y humanos que desarrollan su labor en cuidados paliativos.

Se comenzó con el círculo mágico de corazones donde todos abrieron sus corazones con honestidad y sinceridad. Se escucharon hermosos testimonios de fortaleza y superación, historias de vida devastadoras; y todas tenían un nexo en común: el Amor por la Vida. Durante los días que ha durado el retiro nos hemos sentido muy conectados con las fuerzas de la Madre Tierra, con los cuatro elementos vitales: Agua, Tierra, Fuego y Aire.

El eje de este retiro es la vivencia de morir y ser cuidado, un ejercicio que nos permite tomar consciencia de lo importante y necesario que es ser cuidado de forma amorosa y desde la presencia. El asumir los dos roles, el de cuidar y el de ser cuidado, permite darse cuenta qué es una atención plena de calidad. Tuve la suerte de ser cuidada de forma amorosa y sensible, y acompañada en todo momento.

Instantes hermosos los ha habido y yo me quedaría con los instantes vividos la mañana del domingo en la ermita cercana al lugar donde nos alojábamos. Resultó mágico notar la sincronicidad y armonía de nuestras voces y cómo transcendía nuestro yo más profundo emergiendo con la fuerza de nuestra voz.

En este grupo se ha producido una evolución progresiva en la interacción de los participantes. Destacaría que ha predominado la introspección del grupo y el recogimiento desde el principio del retiro vivencial. La despedida no pudo ser de otra manera que regalándonos las sabias palabras de maestros que nos permitieron interiorizar que la muerte y la vida era solo uno y que cada día es un continuo renacer, porque se muere un poco de nosotros cada día.

Finalmente, mi gratitud hacia todos aquellos que desde su presencia y amor hicieron posible que el retiro empezara y concluyera de una manera hermosa. Gracias Mar por ser la brújula y guía de este viaje, por ayudarnos a transitar por la senda del conocimiento explorando nuestros propios miedos y barreras. A José por estar allí con su presencia invisible pero necesaria en la organización. Y qué sería un retiro sin los mimos y atenciones de dos seres excepcionales que cuidaron con mimo y delicadeza de nuestros cuerpos con sus amorosos guisos. Gracias Juan y Valia por ser los ángeles terrenales de este retiro, por ser los alquimistas que transformaron en magia los alimentos de la Tierra, y que nutrían nuestros cuerpos. Gracias a todos estos compañeros de viaje con los que he compartido este presente, por lo que me habéis aportado cada uno. GRACIAS.

Julia Gómez