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Morir contigo

La práctica del morir la realicé inmersa en un proceso de duelo

por la pérdida de mi hermana, fallecida recientemente. En esta práctica se toma consciencia de la importancia de cuidar y de ser cuidado al final de la vida.

El primer día me tocó ser acompañante, y afronté el proceso desde la presencia y la quietud. Fue difícil mantener la atención teniendo los altavoces sonando detrás, pero también me permitió centrarme sobre todo en su respiración. Mi atención se centró en su abdomen que se movía al ritmo de su respiración. Desde la quietud y la concentración, desde la consciencia de ese instante único e irrepetible, pude observar cómo se dibujaba un pequeño corazón en su camiseta a la vez que su respiracion se hacía cada vez más intensa, inmerso como estaba en su viaje a la clara luz.

Fue un instante efímero de gran belleza, y yo solo podía contemplar desde la gratitud por ese instante único e irrepetible. Yo le acompañaba en ese viaje, realizando hermosas oraciones enseñadas por mujeres sabias vinculadas a la tierra de sus ancestros, y poco a poco su respiración se hizo más pausada hasta que yacía inmovil, inmerso en su experiencia transcendental y espiritual, única e irrepetible.

En esos instantes surge la belleza desde la atención plena, obsevando y acompañando. Un gran aprendizaje vital sentarse en actitud meditativa acompañando a quien se haya en situación de vulnerabilidad. Una gran leccíon de vida, sentarse y observar su respiración cada vez más pausada; surgieron lágrimas que recordaban lo vivido unos meses atrás. En ese tiempo de acompañamiento, allí estaba yo, las horas previas de su fallecimiento acompañando en actitud meditativa, desde la presencia. La evocación de ese recuerdo me permitió centrarme en el acompañamiento de quien estaba cuidando, en esos instantes no había nada más que ese momento de gran belleza, único e irrepetible, desde la transcendencia del momento compartido. Gratitud por poder compartir esos instantes, por poder ser conscientes del momento vivido.

La vulnerabilidad del otro se nos manifiesta, y es en esos instantes cuando lo sutil adquiere una relevancia y transcendencia que nos recuerda lo importante del gesto, cuando ya no hay palabras que puedan pronunciarse, pero sí que podemos transmitir amor con cada gesto, cómo cuidamos ese cuerpo inerte. Honrar ese cuerpo es el último regalo que podemos hacer desde el amor y la generosidad.

El despertar fue hermoso, se honraba su cuerpo con el gesto de lavarlo y darle un masaje con aceites esenciales, con amor, sensibilidad y generosidad, que nos hacia tomar consciencia de lo importante que son los gestos, los olores, y generar un entorno acogedor que favorezca la despedida. La experiencia del morir finalizó con el gesto de darle un yogurt. Con delicadeza, teníamos que darle de comer, y teniamos que ser cuidadosos, porque él dependía de nosotros. No es una práctica banal, sino todo lo contrario: a través del gesto de darle de comer a alguien podemos transmitir nuestros más profundos sentimientos, y la comida nos conecta con la vida. Pero cuando alguien se haya en situación de vulnerabilidad este gesto cotidiano se transforma, y solo desde la actitud empática podemos entender lo que experimenta una persona en situación de vulnerabilidad.

Al día siguiente me morí yo y fue un regalo ser cuidada y acompañada con tanta sensibilidad, presencia y dedicación. Tuve un compañero de viaje extraordinario que me ayudó a transitar hacia la clara luz con maestría y sabiduría.

Gracias José.

Julia Gómez Lasheras