Lágrimas

El vuelo de la luciérnaga
Cartas a mi madre

Después del largo camino que supone el aprendizaje de la pérdida, nuestras lágrimas se han transformado en eslabones de madurez, crecimiento y serenidad.

Cuando hemos llegado a nuestra última parada de un largo viaje de incierto final, tras haber elaborado el duelo por los ausentes, dejamos atrás la incertidumbre, la soledad, la rabia y la ira, transformándonos en seres luminosos, porque hemos recibido el regalo y la oportunidad de poder seguir creciendo como personas, desprendiéndonos de lo superfluo y trivial, aprendiendo a valorar la transcendencia de lo vivido al ser conscientes de nuestra efímera existencia y cada palabra, cada gesto compartido con nuestros seres queridos son un regalo de la Vida.

No importa qué ocurrirá mañana, hoy celebramos que estamos vivos y podemos tener la oportunidad de manifestar a nuestros seres queridos lo mucho que nos importan.

Si somos capaces de vivir cada instante, cada experiencia como un regalo, nuestra vida y la de los demás será más plena, y seremos capaces de aportar instantes irrepetibles a quienes nos ayudan a caminar desde la humildad, el amor, la aceptación y el respeto. Y, sobre todo, aceptar la enfermedad, el deterioro y la muerte como un proceso de crecimiento, dándole nuestro amor a aquellos que nos necesitan para iniciar su tránsito vital.