Egocidio

Mi nombre es Ana Celma Maquieira y colaboro, en la medida de mis posibilidades con la Fundación VBM desde hace algunos años.
El tema de hoy me toca directa y profundamente. Ha hecho de resorte para que yo me ponga ante mi ordenador, impulsada por mi necesidad de salir a la luz, de cerrar de una vez un capítulo que me ha mantenido en la culpabilidad constante, en el pago incesante de una deuda que creí adquirir en ese momento con la vida y con los que me rodeaban.

Hoy y ante estas líneas, he decidido perdonarme y perdonar a todos los que no estuvieron ahí cuando yo más los necesitaba, el tiempo me ha hecho entender que fue el miedo. Hoy cierro página y agradezco esta liberación. En el año 2000, enamorada, con una hija de tres años y toda la vida por delante, decidí poner fin a todo, no fue planeado, pero era algo que estaba en mí hacía tiempo. Mis ojos ya no veían los colores del mundo, los sonidos eran acorchados, vivía en la más pura oscuridad interna y hacía tiempo que no sentía el alma, no recordaba en qué momento del camino me había desvinculado definitivamente de ella. Las causas de tanta pérdida eran innumerables, el dolor se acumulaba en mi corazón a paladas y no encontraba una salida a mi desesperación, los fármacos no me ayudaron y nada me distraía de la sensación gélida del abandono y la soledad que vivían permanentemente en mí, la felicidad y la luz de los demás no hacían sino aumentarlos, era como poner una lupa en toda esa negrura, por más que yo intentaba taparla y disimularla más ella pujaba por salir.

Una tarde encontré la solución, tenía cajas de barbitúricos en mi botiquín, los psicólogos no me ofrecían otra solución y el hecho de que mi hermano esquizofrénico paranoide se suicidara me marcaba ante sus ojos como un fracaso en potencia: “los llevas en los genes”, me sentenciaban o “tienes antecedentes familiares”. No había salida, desde pequeña tuve el conocimiento de que no era bienvenida a este mundo, que no era nadie y que no tenía derecho a ocupar un lugar en él, así que tomé las pastillas y la botella y con todas mis facultades psíquicas en perfecto estado, con conocimiento meridiano del acto que iba a cometer, escribí una amorosa carta de despedida y agradecimiento para mi marido y mi hija y tomé rumbo a la paz que yo nunca había conocido.
Milagrosamente me desperté tres días después de un coma profundo, en un hospital y atada a la cama. Sólo puedo decir que a pesar de la asepsia del ambiente, del miedo que yo detectaba en los enfermeros al tratarme y de las correas que sujetaban mis tobillos y mis muñecas, me sentía en paz, no sabía por qué, pero algo en mí había muerto definitivamente, el sonido y la luz llegaban nítidos, reveladores ¡estaba viva después de tantos años muerta, así era sentir la vida!.

Cometí lo que algunos psicólogos llaman egocidio, yo no quería matarme, quería desprenderme de todo aquello que me hacía sufrir y convertirme en una persona que no quería ser. En una palabra eliminar aquellos obstáculos que me alejaran de la conexión con mi ser más esencial y profundo, ese que llega con nosotros al nacer para dotarnos de todo lo necesario para crecer internamente y aprender de la forma más luminosa y creativa de cada experiencia de la vida da igual de la índole que esta sea.

Tras esta experiencia comprendí que el suicidio no tiene ningún sentido y que hay infinidad de herramientas para volver a nacer una y otra vez, de soltar lo que nos hiere o es inútil en nuestra existencia sin necesidad de asesinarnos o infringirnos un dolor mayor. Cambié mi forma de ver la vida y también mi vida. Eliminé todas mis relaciones tóxicas, comencé a crear un contexto sano en el que poder crecer. Con tiempo y paciencia he ido cambiando mi diálogo interno, enterrando el hacha de guerra que levanté hacia el mundo y principalmente hacia mí. Reconozco que no hice todo esto sola, fue fundamental el apoyo incondicional de mi marido y de mis hermanas que desde el principio creyeron en mí.

Conocí la meditación, junto con otras técnicas de relajación y sanación y a la Fundación a la que le estoy tan agradecida y que me hizo darle a mi vida otro enfoque más cercano a las dificultades de los demás y por tanto a las mías.

Aunque hay días nublados o incluso huracanados, voy aprendiendo a aceptar las pequeñas muertes de nuestra existencia sin la necesidad de matarme por ello. Vivo con menos miedos y sentirme merecedora del amor de mi familia y amigos, me dan la certeza de que el sol volverá a salir resplandeciente y prolijo como no puede ser de otra manera.

Desde el día de mi despertar, no he dejado de trabajar por ser más consciente y feliz conmigo misma y con mi entorno. Tuve dos hijas más, mujeres valientes y valiosas a las que tengo la suerte de acompañar y ver crecer todos los días.

La vida, en su inmensa generosidad y belleza ha ido poniendo las situaciones y las personas que han facilitado y facilitan, mi crecimiento interior y mi asentamiento firme en mi derecho y el de todos a nacer, ubicarse y crecer como los seres felices y completos que ya somos.

Ana Celma Maquieira
21 de febrero de 2013