Cuando ya no esté

El vuelo de la luciérnaga. Cartas a mi madre.

Cuando ya no esté no quiero que me idealices convirtiendo mi recuerdo en huellas imborrables, plenas de virtudes y apenas defectos.
Cuando ya no esté recordadme en vuestra memoria, porque así seguiré viviendo en los recovecos del corazón.
Cuando ya no esté ayúdate a ti mismo aportando amor a otros; tus lágrimas serán bálsamo que reconforten heridas profundas. No temas mostrar tus emociones, porque es el precio a pagar en el tránsito de la vida.

Tómate tu tiempo para aceptar mi partida, no te niegues el llanto, ni la tristeza al evocar mi recuerdo, porque te ayudará a sanar tus heridas y no importa lo que aquellos bienintencionados te aconsejen; escucha tu voz, que sea tu propio yo quien te marque el camino de regreso.
Cuando ya no esté aprovecha mi partida como mi último regalo: el regalo de la vida, aquel que te ayudará a vivir más plenamente al no ignorar que todo principio tiene su final, que tras el dolor hay cabida para la esperanza, que decir adiós nos convierte en más sabios porque hemos sido capaces de desprendernos de lo banal y lo superfluo para poder reencontrarnos con nosotros mismos.

Cuando ya no esté, honra mi memoria sin los imperativos del deber, sólo hazlo si lo sientes así. Acuérdate de mi desprovisto de resentimientos y libérate de los lastres que condicionan tu crecimiento. Sólo así serás una criatura libre y en paz contigo mismo.

Que la paz sea contigo.